Construir oportunidades: una responsabilidad compartida
Es la escuela, la universidad y más, donde se abren o cierran posibilidades de participación para las personas con discapacidad intelectual
Construir oportunidades: una responsabilidad compartida
Llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada sobre la discapacidad intelectual. Al hablar del tema, la mente nos lleva casi en automático a pensar en terapias, apoyos y adecuaciones, siempre bajo la misma premisa: “¿qué necesitan estas personas para su inclusión?”. La pregunta es bienintencionada, pero no es suficiente. La verdadera transformación ocurre cuando dirigimos la mirada hacia nosotros mismos: “¿qué me toca hacer a mí para construir, junto con ellas, un entorno de auténticas oportunidades?”. Esto cambia por completo la perspectiva, ya que nos obliga a dejar de mirar únicamente a la persona y empezar a observar los ecosistemas que la rodean y nuestra responsabilidad dentro de ellos.
Es en la familia, la escuela, la universidad, la empresa, la comunidad, las organizaciones y el gobierno donde se abren o cierran posibilidades de participación para las personas con discapacidad intelectual. Sin embargo, con demasiada frecuencia, esos entornos sostienen expectativas bajas sobre ellas.

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Las expectativas son poderosas porque moldean las oportunidades que estamos dispuestos a ofrecer. Si creemos que una persona puede aprender, invertimos en su educación. Si pensamos que puede trabajar, le abrimos una puerta. Si confiamos en que puede tomar decisiones sobre su propia vida, respetamos su autonomía. Pero cuando esperamos poco, también ofrecemos poco, y ese es uno de los problemas silenciosos que enfrentan hoy las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo. Por ejemplo, todavía nos sorprende conocer a un joven con síndrome de Down que consigue un empleo, a una mujer con discapacidad intelectual que vive de manera independiente o a un adulto con autismo que lidera un proyecto. Compartimos esas historias como si fueran extraordinarias, pero no nos cuestionamos por qué siguen sorprendiéndonos.
Nuestro asombro revela algo incómodo, pues seguimos partiendo de la idea de que estas capacidades son excepcionales. Sin darnos cuenta, construimos sistemas que esperan poco y, por lo tanto, ofrecen pocas oportunidades para demostrar lo contrario. Las expectativas bajas terminan convirtiéndose en instituciones, políticas y prácticas que limitan las posibilidades de participación.
En este sentido, sería conveniente hacernos una pregunta que rara vez nos planteamos: ¿quién conjuga el verbo incluir? Cuando decimos que “incluimos” a alguien, sin advertirlo nos colocamos en una posición de poder. Somos nosotros quienes decidimos quién entra, bajo qué condiciones y hasta dónde participa. Esa forma de entender la inclusión conserva una relación desigual: unos incluyen y otros esperan ser incluidos. Tal vez ha llegado el momento de dejar de pensar la inclusión como una concesión que unos otorgan y empezar a entenderla como una responsabilidad compartida para construir entornos donde todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones.
Quizá uno de nuestros mayores errores ha sido asumir que la inclusión es responsabilidad de especialistas: terapeutas, maestros de educación especial, organizaciones dedicadas a la discapacidad o áreas específicas dentro de una institución. Mientras esa idea prevalezca, seguiremos avanzando demasiado despacio. Ningún programa, por bueno que sea, puede sustituir el efecto de una comunidad cuando entiende que cada uno de sus integrantes tiene la capacidad de ampliar (o limitar) las oportunidades de los demás.

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Nos cuesta entender que la inclusión no depende solamente de los apoyos que recibe una persona, sino de las decisiones que toman quienes formamos parte de su entorno: un profesor que adapta su manera de enseñar, un empleador que decide mirar más allá de un diagnóstico, un compañero que invita a participar, una familia que promueve la autonomía en lugar de la sobreprotección, un periodista que comunica desde las capacidades y no desde las limitaciones, un servidor público que diseña políticas pensando en toda la trayectoria de vida y no solo en la etapa escolar. Ninguna de esas decisiones requiere ser especialista en discapacidad intelectual, pero sí requieren una comprensión de que todos participamos en la construcción de los ecosistemas donde las personas desarrollan su proyecto de vida.
Generar oportunidades nunca ha sido tarea de una sola persona o de una sola institución, sino que es una responsabilidad compartida. Y mientras no entendamos que todos los contextos tienen el potencial de educar, incluir y transformar vidas, seguiremos esperando demasiado poco y perdiendo un potencial que beneficiaría a toda la sociedad. La verdadera inclusión necesita que mantengamos altas expectativas, y que seamos conscientes de nuestra responsabilidad en la construcción de entornos en donde todas las personas puedan participar, crecer, contribuir y construir un proyecto de vida con propósito.
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