La salud mental en jóvenes: una crisis creciente
Se ha observado un incremento significativo en jóvenes que presentan malestar emocional y que afectan diferentes aspectos de su vida
La salud mental en jóvenes: una crisis creciente. Imagen: Unsplash
La salud mental de todos, pero en especial de los niños y jóvenes, se ha convertido en uno de los desafíos más relevantes de nuestro tiempo. Cifras internacionales señalan que, a nivel mundial, uno de cada siete jóvenes entre 10 y 19 años padece de algún trastorno mental, siendo los más comunes ansiedad, depresión y trastornos del comportamiento, pero también trastornos de la conducta alimentaria, autolesión y adicciones.
En México, la situación no es distinta. En los últimos años se ha observado un incremento significativo en niños y adolescentes que presentan malestar emocional o que padecen de algún trastorno mental, que no solo afectan el bienestar, sino también las relaciones interpersonales, el desempeño académico y el desarrollo integral.
En particular, el suicidio es una grave problemática de salud pública que, si bien se presenta en todas las edades, en los jóvenes de entre 15 y 29 años se ha convertido en la tercera causa de defunción. Detrás de cada muerte, se estima que existen varios intentos no consumados, lo que visibiliza, por un lado, una crisis mucho más amplia de ideación y conducta suicida, y, por otro, la huella indeleble residual en familiares y amigos.

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El foco de atención, sin embargo, no deben ser las estadísticas, sino la comprensión de que los números representan historias de silencio, sufrimiento, desesperanza y de falta de apoyo en diferentes niveles. El reconocimiento de la dimensión multifactorial y la atención integral son un buen punto de partida, pues si identificamos exclusivamente los factores individuales relacionados con las afecciones de salud mental resolveremos poco.
Considerar el entorno en el que se desarrollan los niños y adolescentes es fundamental. El 70% de los jóvenes, por ejemplo, se sienten con incertidumbre por el presente y abrumados por el futuro; las situaciones familiares, la dinámica escolar, los retos académicos, las relaciones interpersonales y las situaciones de violencia que viven o de las que son testigos, les genera una carga emocional tal que sus capacidades de afrontamiento son superadas.
Otro factor clave es el entorno digital. Si bien, la tecnología ofrece oportunidades y no se puede evitar la inmersión de los jóvenes en ella, es relevante reconocer que tener el foco de atención en las redes sociales, los videojuegos y la socialización a partir de la tecnología de manera predominante, expone a los niños, adolescentes y adultos jóvenes a comparaciones constantes que afectan su autoestima, y autoconcepto, al ciberacoso y a contenidos nocivos que, incluso, validan conductas perjudiciales.
Investigaciones recientes, por ejemplo, vinculan el uso aumentado de pantallas con un mayor riesgo de padecer algún trastorno mental o de presentar ideación suicida. Mientras más exposición a las pantallas y más joven sea la persona, mayor riesgo.
A nivel familiar, también hay retos importantes. Partimos de que los padres aman a sus hijos y quieren lo mejor para ellos, sin embargo, puede haber decisiones, condiciones y contextos que deriven en violencia, negligencia, abandono o abuso, y que tienen un impacto directo en la salud mental futura.

Además, persiste un problema complejo sociocultural y estructural. Estos días leí una publicación que decía: “sin justicia social no hay salud mental”, y es cierto. Existe un estigma claro alrededor de la salud mental, pero también existe un porcentaje importante de la población que reconoce necesitar apoyo emocional y que no recibe el diagnóstico y tratamiento oportunos. Si a esto se le suman las múltiples situaciones de vulnerabilidad social, el panorama se vuelve oscuro.
Frente a este escenario, la pregunta no es si debemos actuar, sino cómo hacerlo de manera efectiva. La primera propuesta es integrar la educación socioemocional como eje central del sistema educativo. No basta con enseñar materias disciplinares, es imprescindible enseñar a reconocer emociones, manejar el estrés, y construir relaciones sanas.
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Por su parte, las familias deben recuperar su papel como espacios de escucha y acompañamiento. Esto no se traduce en perfección o permisividad, es validar las emociones, fomentar el diálogo y establecer límites claros.
Finalmente, es urgente fortalecer los servicios de salud mental. Esto implica aumentar el número de profesionales de la salud mental capacitados y justamente remunerados, pero también acercar los servicios a las comunidades, hacerlos accesibles y culturalmente pertinentes.
La salud mental de nuestros niños y jóvenes no es un problema individual, sino un reflejo colectivo. Cada cifra es una llamada de atención que refrenda que el cuidado de la salud mental no puede seguir siendo un privilegio.
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Se ha observado un incremento significativo en jóvenes que presentan malestar emocional y que afectan diferentes aspectos de su vida