Más allá del acceso: ¿qué hace verdaderamente inclusiva a una universidad?
Una universidad inclusiva no solo abre sus puertas, también elimina barreras y garantiza participación, aprendizaje y autonomía
Más allá del acceso: ¿qué hace verdaderamente inclusiva a una universidad? Foto: Pexels
Cuando estaba iniciando el doctorado, le comenté a mi director de tesis que uno de los temas que quería explorar era cómo las políticas institucionales de las universidades facilitaban (o no) el acceso de los estudiantes con discapacidad. Su respuesta me tomó por sorpresa: “¿Acceso? El acceso no garantiza nada.” Él venía de un contexto norteamericano, donde el acceso a la educación para cualquier grupo en situación de vulnerabilidad se da prácticamente por hecho. En ese momento no entendí del todo el comentario, pues me parecía que hablar de acceso era el punto de partida obligado.
Esa conversación se quedó rondándome durante años, al grado de que mi tesis doctoral acabó tratando, ya no sobre acceso, sino sobre qué ocurre dentro del aula: cuáles son las actitudes de los docentes ante la discapacidad y cuáles sus competencias para responder a la diversidad en el salón de clases.
Hace unos días lo recordé de nuevo, platicando con un profesor que me contaba, preocupado, que en una de sus materias tenía un estudiante con autismo. “Quiero ayudar, pero nadie me ha dicho qué hacer, cómo tratarlo, cómo hacer para que aprenda mejor”, me dijo.
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Ese estudiante ya estaba dentro del salón (había cruzado la puerta que tanto nos preocupa mantener abierta) y sin embargo nadie en la institución le había dado las herramientas para acompañarlo de verdad, ni le habían explicado que no existe como tal una “receta” para tratar a las personas. Es un ejemplo más de lo que mi director había querido decirme años atrás: lograr entrar es apenas el principio, lo que de verdad importa es lo que ocurre después, una vez que la puerta ya se cruzó.
En las últimas décadas hemos avanzado notablemente en esta temática, pues cada vez más estudiantes con discapacidad ingresan a la educación superior. Pero una universidad puede presumir cifras de acceso impecables y, al mismo tiempo, seguir generando barreras a lo largo de toda la experiencia universitaria. La verdadera inclusión no se mide en el momento de la inscripción, sino en un entorno que facilita que la persona participe, decida, aporte y construya una vez que ya está dentro.
Por eso creo que uno de los primeros cuestionamientos que debemos hacernos es si se debe medir la inclusión únicamente por matrícula. La realidad nos deja claro que no basta con tener alumnos dentro del salón, hay que preguntarse si esa persona participa en clase, si forma parte de equipos, si construye relaciones, si tiene oportunidades reales de aprender, desarrollarse y participar plenamente en la vida universitaria.

La inclusión empieza a ser significativa cuando alguien deja de ser una cifra que justifica el discurso de la diversidad (un caso de tokenismo) y se convierte en miembro activo de su comunidad universitaria.
Mi investigación doctoral, así como mi experiencia en educación superior, me han llevado a entender que la mayoría de los profesores tienen la mejor voluntad de hacer bien las cosas; su vocación los lleva a preocuparse por el aprendizaje de todos sus alumnos, sin excepción. Pero el camino de la voluntad a la acción no se construye por arte de magia.
Necesitamos fortalecer las habilidades docentes, ofrecerles mejores metodologías, gestar cambios culturales que valoren el potencial de todos los estudiantes, con herramientas concretas para responder a la diversidad del estudiantado en todo sentido. Vale la pena recordar que en cualquier salón existen distintas formas de aprender, comunicarse, procesar información y participar, muchas de las cuales no son evidentes a simple vista, pero que también se benefician de un profesor que cuente con herramientas como el Diseño universal para el Aprendizaje, por ejemplo.
Ese cambio en el aula necesita, a su vez, estar respaldado por cambios institucionales más amplios. Una universidad madura no solo resuelve el caso individual, aprende de las barreras que se repiten una y otra vez y transforma sus prácticas de raíz, desde cómo se diseña el currículum hasta cómo se forma al personal que trabaja con los estudiantes día a día.
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Cuando esto ocurra, la universidad cumplirá, para todos sus estudiantes, su función de formar personas capaces de comprender su campo profesional, pensar críticamente y utilizar sus conocimientos con autonomía y responsabilidad para transformar la realidad.
Han pasado varios años desde aquella conversación con mi director de tesis y confirmo que la pregunta clave ha cambiado de “¿cuántos estudiantes con discapacidad tenemos en nuestras aulas?”, a “¿qué oportunidades reales tienen, una vez adentro, para construir la vida que desean?”. Abrir las puertas fue un avance fundamental. El desafío que sigue es transformar lo que ocurre detrás de ellas para que cada estudiante tenga oportunidades reales de participar, aprender, decidir y construir su propio camino.
Autora: Francesca Munda Magill, directora del Centro de Estudios e Innovación en Discapacidad e Inclusión de la Universidad Anáhuac México.
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