La transacción inconsciente: ¿más libertad, menos seguridad?
La seguridad puede tener un costo, cuando el Estado ofrece orden, la libertad puede volverse moneda de cambio
La transacción inconsciente: ¿más libertad, menos seguridad? Foto: IBERO
¿Qué diferencia a México de China? O, ¿cuál es la diferencia entre Islandia y la República Democrática del Congo? Uno de los primeros pensamientos que suscitan es la seguridad.
Pero detrás de esa intuición hay algo más incómodo: para que un país llegue a ser seguro, muchos están dispuestos a sacrificar su libertad. Casi siempre, una se consigue al precio de la otra. Islandia, como veremos, es la excepción que confirma esta regla, no la que la desmiente.
China tuvo en 2024 apenas 0,44 homicidios por cada 100,000 habitantes, una de las tasas más bajas del mundo. México cerró 2025 con 20,674 homicidios dolosos y 133,500 personas desaparecidas, un 10,5 % más que el año anterior. Islandia lleva diecinueve años como el país más pacífico del planeta según el Global Peace Index. El Congo figura entre los cinco más peligrosos en ese mismo índice.
La respuesta fácil es que China e Islandia son países desarrollados, mientras que México y el Congo no. Lo que de verdad los separa es otra cosa: qué tan fuerte es el Estado, y qué tan libre es el régimen que sostiene.
El Congo es un Estado débil y autoritario: el gobierno no tiene presencia efectiva en buena parte de su territorio. México es un Estado débil pero liberal: el crimen organizado le disputa el territorio, aunque las libertades sigan, al menos formalmente, garantizadas.
China es un Estado fuerte y autoritario, dispuesto a imponer orden al precio de la opresión sistemática en el Tíbet y Xinjiang —donde la ONU documenta crímenes de lesa humanidad, aunque pocos lo llamen “genocidio” sin matices, pues esa categoría exige probar intención, algo «difícil de demostrar con un acceso tan limitado», según Amnistía Internacional—. Islandia es un Estado fuerte y liberal: impone orden sin necesitar represión.

Lo que China e Islandia comparten, y lo que México y el Congo no tienen, son instituciones fuertes, pero llegaron a ellas por caminos opuestos. China salió de la caída de la dinastía Qing hacia los señores de la guerra y, después, hacia una guerra civil de 20 años que culminó, en 1949, con un millón de ejecuciones de opositores.
Se consolidó a mediados del siglo XX, y lo pagó con sangre y represión permanente. Islandia conoció su propio caos siglos antes: durante la Era Sturlung, en el XIII, hasta caer bajo dominio noruego y, después, danés.
Pero esa inseguridad quedó enterrada hace mucho, y cuando llegó al siglo XX, ya consolidada, construyó su Estado de bienestar sobre una sociedad cohesionada y con poca desigualdad. Por eso no necesitó la transacción que hizo China.
México paga el precio inverso: menos seguridad, más libertad. El Congo no paga ningún precio que valga la pena, porque no hay Estado capaz de ofrecer nada a cambio.
Esto demuestra que existe una transacción que se vuelve invisible: donde un gobierno puede ofrecer seguridad al precio de la libertad, la población tiende a aceptarlo.
En México, quizá, ocurre más disimulada: las obras militares de trenes y aeropuertos le dan mayor poder a instituciones cuya función es proteger, dándoles un monopolio en las construcciones. El rastreo de llamadas y mensajes, vinculado ahora al CURP, avanza en silencio. ¿Acaso estos actos no son esa misma transacción pagada en abonos?
Autor: Santiago Beltrán, estudiante de la licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Iberoamericana
*La opinión expresada es responsabilidad del autor y no refleja la postura del medio.
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