De ingeniera a bailarina: cuando seguir tu vocación lo cambia todo
Dejó su carrera de ingeniería en el Politécnico para seguir su vocación y hoy vive la danza con amor, disciplina y proyectos a futuro
De ingeniera a bailarina: cuando seguir tu vocación lo cambia todo. Imagen: Israel Rivera | Claudia García
El día que Mari Tapia vio El Cascanueces algo cambió. Sentada junto a sus padres, mirando a la bailarina en puntas, sintió que su vida no estaba donde debía: “Yo me puse a llorar mucho y dije: ‘Yo quiero estar ahí. Estoy hecha para estar ahí’”. Y así decidió seguir su vocación.
Tenía 21 años, cursaba el sexto semestre de Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) Unidad Zacatenco, del Instituto Politécnico Nacional (IPN), cuando decidió empezar de nuevo.
Hoy, a sus 24 años, estudia la licenciatura en Danza Contemporánea en el Centro Cultural Ollin Yoliztli. Su historia, que comparte en TikTok e Instagram, conecta con una generación que explora alternativas y replantea su vocación.
El punto de quiebre
Mari creció entre fórmulas y expectativas. Su padre es ingeniero egresado del Politécnico, y como muchos jóvenes, eligió carrera a los 17 años: “Se me hace chistoso que a los 17 años nos pidan elegir qué es lo que queremos dedicarnos toda la vida”, reflexiona.
Era buena en matemáticas, era disciplinada y destacaba académicamente. Pero algo no encajaba.
La danza siempre había estado ahí, pero no como opción profesional. Todo cambió aquella noche de diciembre. “Ese momento fue cuando todo cambió, y me dije: ‘Me voy a salir de la ingeniería. No hay más’”.

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La decisión no fue sencilla. Intentó llevar ambas cosas al mismo tiempo, pero su cuerpo le pasó factura: “Me enfermé muchísimo, me la pasaba de doctor en doctor”. Y la ansiedad creció hasta volverse insoportable: “Yo me salía a llorar y me encerraba en los baños. Decía: ‘¿Qué hago aquí?’”.
Una noche decidió escribir una frase que hoy resume su historia: “No quiero morirme sin haber intentado algo que yo amo genuinamente”.
Decidir con miedo
Contarlo en casa fue otra prueba. Su madre la apoyó desde el inicio. Su padre no: “Me dijo que ya no me iba a apoyar que hiciera lo que quisiera”. La reacción fue difícil de asimilar, pero también fue parte del proceso.
Al final, su papá terminó por aceptarlo y le sugirió darse de baja temporal, por si se arrepentía. Pero jamás volvió a ingeniería. Con el tiempo, las oportunidades aparecieron y su determinación se hizo evidente. Entonces, algo cambió también en su padre. Para ella, no fue resignación, sino reconocimiento: “Se dio cuenta de que genuinamente a mí me gustaba eso”.
“Fue una decisión de suma valentía, porque la estaba pasando muy mal”. Pero también fue un momento de una certeza difícil de explicar: “Llega un punto en el que lo sientes tan profundo que con todo y miedo lo haces”.
Estudiar danza no es solo bailar
El primer día en la escuela lo recuerda como llegar a casa: “Vi a los alumnos, unos dando vueltas, otros tirados en el piso, y dije, ‘Wow, este es mi lugar’”. Mari venía de un ambiente que percibía “más apagado”, pero en la escuela de danza encontró movimiento, libertad y comunidad.
Pero también se dio cuenta de que la licenciatura en Danza Contemporánea exige tanto como cualquier otra. La exigencia física es diaria: jornadas de 7 de la mañana a 3 de la tarde, entrenamiento constante y desgaste corporal.
A eso se suma la carga académica: “Llevamos música, psicología, nutrición y anatomía, porque tienes que tener conciencia real de cada parte de tu cuerpo”. La danza, insiste Mari, no solo es repetir pasos: “Es buscar tu propio lenguaje de movimiento, y eso es complicadísimo”.
La disciplina también define quién continúa en la carrera: “Entramos 20 por salón y ahorita somos 10”. Y no porque falte talento, sino porque “exige constancia”.

Bailar para entenderse
Cuando baila, Mari no habla solo de felicidad: “Me desconecto, entro como a otro plano”. Incluso, lo define como un proceso de búsqueda: “Me siento como una persona que está explorando muchas cosas”. En ese espacio, dice, aparece otra versión de sí misma.
Esa misma idea la traslada a su faceta como maestra. Da clases a jóvenes y adultos los sábados y domingos, donde busca enseñar la comprensión de su propio cuerpo: “No solo es ‘haz esto y ya’. Porque para ella, el conocimiento del movimiento debería ser universal, para todos: “Más que para bailarines, esto le ayudaría a cualquier ser humano”.
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Compartir para que otros se atrevan
Su presencia en redes nació con un propósito: “Yo no quiero ser famosa o por el ego, quiero que las personas que me vean intenten seguir su pasión”. Sus videos, donde cuenta su cambio de carrera, han generado mensajes de jóvenes que se animan a tomar decisiones similares.
“Me han escrito para decirme: ‘Vi tu video y ya quiero estudiar danza’. Y para mí eso es muy importante, porque puedo ayudar a las personas a seguir sus objetivos y sus sueños”, cuenta entusiasmada.
Mari aún tiene dos años por delante en la licenciatura, pero ya imagina el siguiente paso, que es crear una comunidad itinerante de danza, un espacio que viaje y conecte bailarines en distintos lugares. No quiere quedarse en un solo sitio, sino compartir lo que le apasiona.
Mientras tanto, sigue bailando. Y documentando. Y probando que, a veces, cambiar de rumbo no es perder el camino, sino encontrarlo.
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Dejó su carrera de ingeniería en el Politécnico para seguir su vocación y hoy vive la danza con amor, disciplina y proyectos a futuro
