Educar con propósito: aprender a vivir con dirección en una época dispersa
Hablar de propósito no significa pedirle a una persona joven que tenga resuelto su destino. Sería injusto. También sería poco realista
Educar con propósito: aprender a vivir con dirección en una época dispersa. Imagen: Magnific
La vida universitaria suele narrarse como una etapa de decisiones: qué estudiar, dónde trabajar, con quién convivir, qué tipo de futuro imaginar. Pero detrás de esas preguntas visibles hay otra más silenciosa y más decisiva: por qué deseamos existir y hacia dónde buscamos dirigir nuestra vida. Esa pregunta no se responde con prisa ni con una lista de metas. Hay que construirla mediante el reconocimiento de nuestras fortalezas de carácter, nuestros vínculos afectivos, nuestra salud emocional y la manera en que damos sentido a lo que hacemos.
Hablar de propósito no significa pedirle a una persona joven que tenga resuelto su destino. Sería injusto. También sería poco realista. El propósito no aparece como una iluminación definitiva, sino como una orientación que se afina y cambia con experiencias, conversaciones, errores, aprendizajes y actos de servicio. A veces se descubre al elegir una carrera. Otras, al acompañar a alguien, al resolver un problema, al crear algo valioso o al darse cuenta de que cierta forma de vivir ya no corresponde con lo que uno quiere cuidar.
Desde la psicología positiva, sabemos que el bienestar integral no consiste en estar bien todo el tiempo. Una vida plena también incluye cansancio, incertidumbre, pérdida, frustración y cambio. La diferencia está en la manera en que una persona aprende a relacionarse con esas experiencias. Cuando cultivamos fortalezas de carácter como la gratitud, la perseverancia, la curiosidad, la autorregulación o la esperanza, no eliminamos las dificultades, desarrollamos recursos internos para atravesarlas con mayor conciencia.

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Ese punto es especialmente importante para las nuevas generaciones. Crecen en un entorno que ofrece estímulos constantes, comparación permanente y una presión sutil por exhibir logros antes de comprenderlos. En redes sociales, la vida ajena parece ordenada, luminosa y disponible para ser medida. En la vida real, el crecimiento humano es menos lineal: implica pausas, contradicciones, conversaciones incómodas y decisiones que no siempre son aplaudidas por los demás.
Por eso, educar para el bienestar no puede reducirse a ofrecer consejos para manejar el estrés. Necesitamos formar personas capaces de escucharse, de reconocer lo que sienten, de pedir ayuda sin vergüenza, de construir vínculos sanos y de elegir con sentido en medio de la saturación.
La educación superior tiene una responsabilidad que va más allá de preparar perfiles competitivos. Debe acompañar a las personas para que puedan preguntarse qué tipo de profesionales quieren ser, pero también qué tipo de seres humanos quieren llegar a ser. Un título puede abrir puertas, el propósito ayuda a decidir cuáles vale la pena cruzar. Una competencia técnica puede resolver un problema, una conciencia formada permite preguntarse a quién beneficia esa solución y con qué consecuencias.
La armonía entre vida y trabajo, tan necesaria en nuestro tiempo, empieza antes de entrar al mercado laboral. Se aprende cuando una estudiante descubre que descansar también es parte de su responsabilidad; cuando un joven entiende que pedir apoyo no lo hace menos capaz; cuando una comunidad académica deja de premiar solamente la velocidad y empieza a valorar la profundidad, la colaboración y el cuidado.

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Vivir con propósito no significa tener una vida perfecta. Significa tener una brújula para volver a lo esencial cuando el ruido aumenta. Significa reconocer que el bienestar no se compra ni se delega, se practica al poner atención, al agradecer, al servir, al elegir mejor nuestras relaciones, al cuidar el cuerpo, al conversar con honestidad y al permitirnos aprender de lo que no salió como esperábamos.
En el fondo, la educación que necesitamos es aquella que ayuda a las personas a habitar su vida con más conciencia. Una educación que no se conforme con producir respuestas rápidas, sino que forme criterio, serenidad y sentido. Porque cuando una persona reconoce sus fortalezas y encuentra una razón para contribuir, no solo mejora su propio bienestar, también se vuelve capaz de construir bienestar a su alrededor.
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Hablar de propósito no significa pedirle a una persona joven que tenga resuelto su destino. Sería injusto. También sería poco realista
