Una sociedad en estallido
Socialmente, la sobreexposición a contenidos violentos y la cultura de la inmediatez contribuyen a la generación de estados de irritabilidad
Una sociedad en estallido. Imagen: Freepik
Desafortunadamente, la violencia ya no es lejana, ni la vemos exclusivamente en las noticias, tristemente la tenemos cada vez más cerca. Y es que estamos expuestos a la violencia en el tráfico, en la fila del supermercado, en las redes sociales en donde bajo el anonimato se potencia la agresión, en los lugares a donde asistimos y que tendrían que ser espacios de tranquilidad y diversión y, en algunos casos muy lamentables, en la casa, en la escuela y el trabajo. La violencia se ha vuelto parte de nuestra vida cotidiana y eso ha llevado a normalizarla y a dar por sentado que en algún momento estaremos expuestos a ella y eso es inevitable.
La violencia tiene expresiones cotidianas que reflejan síntomas profundos. Basta con pensar en el fenómeno conocido como “ira al volante” que, en la superficie es producto de estar apurados para llegar a algún lugar y sentir que alguien nos estorba para cumplir con ese objetivo. O todas las experiencias en las que, frente a una diferencia de opiniones, hay una sobrerreacción que deriva en un ataque furioso, y en las cuales, la línea entre argumentar para defender una postura y agredir a otro se difumina. El ataque es mayor cuando se presenta en redes sociales, pues pareciera que la persona agresora se encuentra en una especie de burbuja que le genera una falsa sensación de impunidad.
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Las cifras de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura sirven para dimensionar el problema, que cada vez es más extendido. De acuerdo con la OMS, más de 1.1 millones de personas mueren al año por causas relacionadas por violencia interpersonal y accidentes relacionados con conductas agresivas. La UNESCO, por su parte, señala que cada mes uno de cada tres alumnos sufre acoso escolar en todo el mundo (incluyendo el ciberacoso), que más del 36% de los alumnos se ve involucrado en peleas físicas con sus pares y que casi un tercio de los alumnos ha sido agredido físicamente al menos una vez en un año.
Las expresiones de violencia son un reflejo de una problemática muy importante de regulación emocional y de control de impulsos, de probablemente haber crecido en el seno de una familia que albergó uno o más tipos de violencia o en el que los conflictos se resolvían por medio de gritos y agresiones físicas que favorecieron la internalización de esos patrones, de vivir bajo niveles elevados de estrés crónico con pocas herramientas emocionales para gestionar la adversidad, o de padecer algún trastorno mental o de la personalidad.

Socialmente, la sobreexposición a contenidos violentos (incluso a corta edad por medio de la televisión o los videojuegos en los que matar a otros es parte de la actividad lúdica) y la cultura de la inmediatez (en la que se deben de satisfacer las demandas personales en ese momento sin posibilidad de demorar la gratificación) contribuyen a la generación de estados de irritabilidad con estallidos constantes.
Frente a este escenario, las estrategias de enfrentamiento deben ser integrales. En lo individual, es fundamental desarrollar habilidades de regulación emocional y buscar apoyo psicológico sobre todo cuando las reacciones agresivas provocan problemas interpersonales o de adaptación. En el ámbito familiar y educativo, es importante mantener un ambiente de seguridad personal en donde no exista cabida a la violencia y en el que se promueva la inteligencia emocional desde etapas muy tempranas en el desarrollo. En los ámbitos escolares, incluyendo los universitarios, generar programas de prevención de acoso y violencia, así como de resolución efectiva de conflictos.
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A nivel social, es indispensable garantizar el acceso a los servicios de salud mental, manejar con ética y responsabilidad social las noticias promoviendo escenarios que condenen narrativas de odio, intolerancia, acoso y violencia, pero, sobre todo, generar conciencia sobre lo imperante que es dejar de ver al otro como un obstáculo que hay que suprimir o como un enemigo con el que hay que acabar.
Humanizarnos en todos sentidos es imperante y esto va más allá de la dinámica que se puede establecer entre la persona que ejerce violencia y aquél que ha sido agredido; interpela a todos los espectadores, pues recordemos que la contraparte del amor no es el odio, sino la indiferencia.
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