Retos virales: ¿juego inofensivo o amenaza para la vida?
Los retos virales comenzaron como dinámicas que unían y entretenían, ahora combina presión social, vulnerabilidad y necesidad de pertenencia
Retos virales: ¿juego inofensivo o amenaza para la vida? Imagen: Magnific
Las cifras sobre el uso de redes sociales por parte de niños y jóvenes son impactantes: en el mundo más de mil millones de adolescentes utilizan redes sociales y el acceso a las mismas, es, en promedio, a los 10 años de edad; los niños y adolescentes tienden a utilizar más de una red social, el 46% afirma estar conectado casi de manera constante, y pueden dedicar más de 5 horas diarias a las mismas.
Ya sea de manera activa o pasiva (ver fotografías o videos sin realizar publicaciones), las redes sociales generan entretenimiento, diversión y una fuente de socialización, sin embargo, también causan daño al estar vinculadas con ciberacoso, ansiedad, afectaciones en la autoestima e incluso, conductas que podrían conducir a la muerte. De hecho, reportes recientes asocian el uso intensivo de redes sociales con disminución de bienestar, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes. Por tanto, cuando se habla sobre el uso de las redes sociales no se hace referencia a un simple hábito, sino a una transformación en la forma de vivir y convivir en un entorno en donde la validación social se mide en conectividad digital y en reproducciones audiovisuales.
Una de las expresiones más preocupantes de la era digital, y en particular de la difusión de información a través de las redes sociales, son los retos virales, pues si bien, comenzaron como dinámicas que unían y entretenían, en la actualidad representan un fenómeno global que combina algoritmos, presión social, vulnerabilidad emocional y necesidad de pertenencia.

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Los llamados “challenges” circulan principalmente en plataformas como Instagram, TikTok o YouTube con una lógica simple: replicar una acción, grabarla y compartirla para obtener visibilidad; entre más impactante, extremo y competitivo sea el reto, mayor será su alcance. Lamentablemente, hacerse daño mediante la ingesta de detergentes, el consumo excesivo de medicamentos de venta libre, el desmayo por ahorcamiento, la lesión de cráneo por caídas intencionales, acabar con la propia vida, o hacerle daño a los demás mediante el ataque atroz a desconocidos en la calle, por ejemplo, genera el impacto atencional que se busca y “contagia” a otros para que hagan lo mismo.
Los jóvenes están dispuestos a asumir los riesgos no importando el peligro que representen debido a diversos factores, entre ellos la dificultad para controlar impulsos, la desregulación en la toma de decisiones, la búsqueda de sensaciones intensas y de vivencias de experiencias al límite, y la necesidad de recompensas inmediatas y de pertenecer a un grupo social. También influye la percepción del riesgo disminuida y la falsa seguridad aumentada que se generan como consecuencia de ser validado a través de los otros. Es decir, pensar que si los otros lo hacen también está bien que uno lo haga: ¿por qué ellos sí y yo no?
En el ámbito familiar, la crianza juega un papel crucial. El acceso temprano a dispositivos sin supervisión, la falta de límites claros y la escasa conversación sobre riesgos digitales aumentan la vulnerabilidad. Muchos padres desconocen los contenidos que consumen sus hijos o subestiman su impacto; otros piensan que sus hijos son suficientemente mayores y responsables para regularse, aunque la evidencia indica que los adultos también desarrollan adicción a internet y tecnología, así como sintomatología depresiva y ansiosa relacionada con redes sociales.

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Además de promover la educación digital y el pensamiento crítico que permita la evaluación correcta de los actos y sus consecuencias, las plataformas digitales tendrían que dejar de buscar exclusivamente el beneficio económico y desarrollar estrategias socialmente responsables. El involucramiento activo por parte de los padres es fundamental, y esto no se refiere a una vigilancia extrema, sino a un acompañamiento prudente, al establecimiento de límites y al fomento del diálogo con apertura y confianza, pues si los niños y jóvenes (no importando que sean mayores de edad) se refugian en las redes sociales, seguramente hay situaciones emocionales que deben ser atendidas.
La verdadera tarea, en suma, no es desconectar a los jóvenes del mundo digital, sino enseñarles a navegar en él con criterio, porque detrás de cada reto hay una decisión, y, detrás de cada decisión, una consecuencia individual y colectiva que puede ir mucho más allá de un simple video.
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