Estudiante. Foto: Pexels
Vivimos una paradoja desconcertante: nunca habíamos tenido acceso a tanta información, y sin embargo, cada vez más, nos sentimos tan confundidos, tan desinformados. Nuestros estudiantes —jóvenes brillantes, curiosos, ansiosos por entender el mundo— enfrentan hoy un entorno hostil a la reflexión. Internet les ofrece respuestas instantáneas, pero no siempre les enseña a hacer las preguntas correctas.
Un rumor, un tweet, una foto falsa, se puede volver tendencia sin que nadie se detenga a verificar, a dudar, a contrastar. No hay espacio para el matiz. En redes, se exige certeza inmediata. Y cuando alguien se atreve a dudar, se le acusa de complicidad.
El pensamiento crítico, esa competencia humana que pretende construir un mundo mejor, se ubica justo en el intersticio entre el impulso y el juicio. Es la pausa que precede al comentario. Es la incomodidad de reconocer que no sabemos todo, que lo viral no siempre es lo veraz.
Como académico, como educador y como padre, me inquieta ver cómo nuestros jóvenes son empujados por fuerzas culturales, a través de canales cibernéticos, a emitir sentencias sin prueba, a compartir con un clic lo que no leyeron completo, a opinar sobre hechos que no conocen. Y no porque sean ingenuos, sino porque el ecosistema digital recompensa la inmediatez, no la veracidad.
Me enorgullece formar parte de una comunidad educativa que da un alto valor al desarrollo de las competencias humanas. Desde la prepa y en la universidad, enseñamos a analizar textos, a ser pensadores críticos, a ser actores sociales éticos, que puedan tener un impacto positivo en su comunidad.
No se trata de que los estudiantes citen a Kant en X (antes Twitter), sino que desarrollen el músculo de la duda metódica, el hábito de mirar dos veces, de leer más allá del titular. Enseñar pensamiento crítico no es adornar un currículum, es formar ciudadanía, es poner nuestro granito de arena para reconstruir el tejido social.
Esto no significa pedir silencio frente al dolor ni blindarnos de indiferencia ante los horrores que día a día vemos en redes sociales.. Al contrario, implica construir una cultura donde la indignación no cancele la razón. Donde podamos pedir justicia sin convertirnos en jueces. Donde proteger a las víctimas no signifique destruir a los señalados sin debido proceso.
Hoy más que nunca, nuestras aulas deben ser trincheras de lucidez. Espacios donde se cultive el derecho a no tener una opinión inmediata. Donde se valore la información verificada, el diálogo respetuoso, la responsabilidad de hablar con fundamento.
No será fácil. Luchar contra la desinformación exige valentía. Decir “no lo sé” en público, también. Pero es una batalla que vale la pena librar, porque en ella está en juego el tipo de sociedad que estamos educando: una que lincha y cancela, o una que piensa y actúa desde la compasión.
En tiempos de confusión, de inmediatez, el pensamiento crítico es un acto de resistencia. Y en Tecmilenio, estamos comprometidos a formar personas que sepan ejercerlo.
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