1984, el espejo de George Orwell sobre nuestro tiempo. Imagen: Pexels
Recuerdo cuando leí por primera vez 1984, de George Orwell. Era un niño, y aunque no comprendía toda la profundidad del libro, algo en mí se estremeció. Imaginaba ese mundo donde nadie podía pensar libremente, donde la historia se reescribía y donde el poder vigilaba incluso los pensamientos.
Hoy, décadas después, miro a mi país y me asusta ver cuán cerca estamos de ese escenario distópico.
Orwell escribió: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.
En México, el control del relato empieza en las aulas.
En 2023, la Secretaría de Educación Pública presentó nuevos libros de texto gratuitos que provocaron críticas por errores, omisiones y contenidos ideologizados. La jueza federal Yadira Medina Alcántara incluso ordenó frenar su distribución, pero se mantuvo su publicación, a pesar de que académicos han advertido que los nuevos materiales modifican la narrativa histórica, minimizan hechos incómodos y eliminan asignaturas tradicionales.
Como en el Ministerio de la Verdad de Orwell, donde los funcionarios reescribían los periódicos para que los hechos del pasado coincidieran con la versión del presente, en México la historia también se está corrigiendo.
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En 1984, Winston Smith trabajó alterando documentos. En México, los libros oficiales reeditan la historia reciente: las crisis, las derrotas políticas y los abusos institucionales se reinterpretan como victorias morales.
Así comienza la manipulación: no cuando se prohíbe leer, sino cuando se enseña a leer sólo lo
que conviene.
En 2025, esa frase ya no es una metáfora, sino una descripción técnica del Estado moderno.
Durante este año, el Congreso aprobó tres reformas que amplían la capacidad del gobierno para acceder a la información privada de los ciudadanos:
La manipulación del lenguaje: la nueva neolengua Orwell advirtió que reducir el lenguaje es reducir la capacidad de pensar.
En su novela, el Partido inventa la neolengua para eliminar palabras peligrosas, aquellas que permiten imaginar la libertad. En México, no necesitamos un nuevo idioma: basta con distorsionar el existente.
“Transformación” sustituye a “control”; “pueblo bueno” a “crítica legítima”; “fifí” a cualquier voz que disienta.
El lenguaje oficial desarma al ciudadano y simplifica la realidad hasta volverla manejable.
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Como dice el filólogo Syme en el propio libro: “Estamos destruyendo palabras… cada año menos y menos palabras, y el alcance de la conciencia siempre un poco más pequeño.”
1984 no fue una profecía, sino una advertencia.
Orwell no describió el futuro: nos advirtió sobre lo que ocurre cuando el poder deja de tener límites y la verdad se vuelve relativa.
México se encuentra hoy en una frontera difusa entre la democracia y la distopía.
Las reformas que prometen seguridad también pueden convertirse en herramientas de control.
Los discursos que invocan justicia pueden servir para manipular la historia.
Winston Smith escribió que “la libertad es poder decir que dos más dos son cuatro. Si eso se concede, todo lo demás sigue”.
Y quizá hoy, más que nunca, recordar esa frase sea un acto de resistencia.
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