Mujeres bajo presión: el daño a la salud mental que no se puede ignorar
Los contextos sociales y culturales imponen a las mujeres una carga emocional persistente e invisible ante los ojos de los demás
Mujeres bajo presión: el daño a la salud mental que no se puede ignorar. Imagen: Pexels
La salud mental de las mujeres es uno de los temas pendientes a tratar de manera eficiente en la agenda social y sanitaria del mundo y de nuestro país. Si bien pueden existir diversas impresiones alrededor de este asunto, la problemática en salud mental femenina no se trata de una percepción subjetiva ni de un énfasis por temporalidad o moda. Los datos duros señalan una mayor prevalencia en mujeres en depresión, ansiedad, ideación suicida e intentos de suicidio, además de síntomas relacionados con tristeza, agotamiento emocional y estrés.
Asimismo, las diferencias de género relacionadas con las causas vinculadas a los factores de vulnerabilidad personal y social, las expresiones en salud mental e incluso el acercamiento que se puede tener o no para obtener atención psicológica, deben ser consideradas.
Es cierto que en el desarrollo y manifestación de los trastornos mentales existen factores biológicos que no pueden ser ignorados, sin embargo, vale la pena poner el acento en los contextos sociales y culturales que imponen a las mujeres una carga emocional persistente y, en muchas ocasiones, invisible ante los ojos de los demás.

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Desde la infancia temprana las mujeres asumen —por indicación explícita o implícita de acuerdo con el entorno— responsabilidades que no les corresponden, cuidado de otros, aseguramiento del bienestar ajeno, ejecución de diversos roles y cumplimiento de altas expectativas que derivan en una mezcla vertiginosa de autoexigencia extrema, perfeccionismo y miedo al fracaso.
En etapas posteriores, la presión aumenta con la sobrecarga doméstica, la necesidad de abrirse paso en el ámbito laboral y romper el habitual techo de cristal, el reto del balance familia-trabajo tan difícil de alcanzar, y las tareas propias de cada etapa de la vida (como el cuidado al mismo tiempo de los hijos y de los padres adultos mayores, por ejemplo). No obstante lo anterior puede ser desafiante, la adversidad se impone frente a la presencia de discriminación, violencia, pobreza y poco o nulo acceso a recursos de bienestar y estabilidad.
Este escenario obliga a una reflexión profunda sobre lo imperante del cuidado de la salud mental en las mujeres y la relevancia de la detección y atención oportunas. El autocuidado comienza con la identificación de las propias emociones y el reconocimiento del malestar como algo legítimo y no como un indicador de falla personal o fracaso. Es válido sentirse exhausta, ansiosa, triste, frustrada, sobrecargada y rebasada; me atrevería a decir que todas nos hemos sentido así en uno o varios momentos de nuestras vidas.
El autocuidado y la autovalidación son el primer paso en el camino del bienestar, pero no es el único. Ayuda tener buenos hábitos de sueño y alimentación, establecer prioridades, reservar conscientemente espacios de descanso y esparcimiento, y mantener el diálogo honesto sobre las propias emociones con personas cercanas que constituyen redes de apoyo.

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Pese a lo eficaz de dichas estrategias, la atención a la salud emocional no es una responsabilidad exclusivamente individual; si se entiende de esta manera la tarea está condenada a la falta de éxito. En este sentido, el involucramiento de los padres, parejas y amigos es fundamental no solo en la escucha activa sino en el acompañamiento sin juicio ni censura. Las instituciones educativas y los empleadores también juegan un papel crucial en el ofrecimiento de espacios que brinden comprensión, empatía, orientación y contención emocional.
La promoción del bienestar integral y la salud mental requiere de una visión colectiva que detone intervenciones inmediatas, pero que sea sostenible a largo plazo; implica el reconocimiento de que invertir en salud mental incluye educación emocional desde la infancia, políticas públicas que faciliten el acceso real a la atención psiquiátrica y psicológica de quien más lo necesita, y cambios sociales y culturales que dejen de normalizar e incluso romantizar el “sacrificio” y desgaste femenino.
Invertir en salud mental no es un esfuerzo que solo favorece a la persona, sino que genera un impacto satisfactorio en las familias y en la sociedad. Sumemos esfuerzos para que las mujeres dejen de pagar el precio de estar persistentemente bajo presión.
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