El silencio que lastima. Imagen: Unsplash
Recientemente leí el libro “Invisible” de Eloy Moreno. Sé que ya tiene algunos años de haber sido publicado y que incluso hay una serie de televisión basada en él, sin embargo, yo no había tenido la oportunidad de leerlo. Es una lectura recomendada para adolescentes (el personaje principal es uno de ellos), maestros y padres de familia, quienes, sin importar la edad de sus hijos, están interesados en develar los riesgos a los que especialmente los niños y jóvenes están expuestos.
El libro tiene como una de las temáticas principales el acoso escolar. A través de la mirada del protagonista y de sus más cercanos, el lector es testigo del sufrimiento y la desesperación que al poco tiempo se convierten en una profunda depresión y en una intensa desesperanza, al grado de querer ser invisible y desaparecer. Pero también es una invitación a la reflexión sobre el rol que jugamos todos los que estamos alrededor y que, aparentemente, somos ajenos a la dinámica que se ha presentado entre la víctima y el victimario.
Si bien es importante recordar que el acoso se puede presentar en diferentes ámbitos, es cierto que este constituye una de las principales problemáticas que se manifiestan en las instituciones educativas. El acoso comienza generalmente con miradas que juzgan, comportamientos que excluyen, risas de complicidad producto de la mofa hacia otra persona, burlas abiertas, y comentarios supuestamente inofensivos que van escalando en intensidad y en frecuencia hasta, en muchas ocasiones, llegar al maltrato físico.
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Muy lamentablemente esta conducta puede ser perpetuada por los adultos, ya sean los padres de familia de quienes molestan, aquellos quienes justifican o a los que, sin estar involucrados de manera directa, les parece “chistoso” este comportamiento.
El ambiente que se genera es tan nocivo que la víctima se siente constantemente perseguida y atacada, sin posibilidad subjetiva de salir de la situación en la que está atrapado. No obstante, el victimario tendría que sentirse avergonzado por su comportamiento, él se siente envalentonado, y más bien, quien siente vergüenza es quien está siendo acosado; vergüenza que surge de la percepción propia de una supuesta debilidad de carácter (“¿por qué no me enfrento y me defiendo?”) y de los demás (“¿cómo es posible que si lo están molestando no ponga límites claros y contundentes?”).
Las consecuencias del acoso son tan intensas que no solo dejan una huella emocional permanente, sino que muchas veces derivan en pensamientos de muerte o en intentos de suicidio concretos. Pero, ¿qué pasa con los que están alrededor, con todos aquellos que ven cómo la vida de una persona se apaga
poco a poco y no intervienen?, ¿por qué se convirtieron en cómplices mediante la indiferencia y el silencio?
Generalmente, la sociedad espera señales extremas para tomar en serio el acoso; antes de eso hay múltiples expresiones que minimizan la situación e invalidan los sentimientos de quien lo está viviendo.
Frases como “a mí también me pasó y lo superé”, “son cosas de niños”, “así se hacen fuertes” “es una exageración, en realidad no pasa nada” o “no es mi problema, no me toca”, emitidos por los profesores y los padres de familia, cierran la puerta al diálogo, motivan el aislamiento y envían un mensaje claro y cruel: enseñan que mirar a otro lado es aceptable, que intervenir es opcional y que el sufrimiento ajeno se descarta.
Para los padres de familia y las autoridades de los colegios, el reto es muy grande. No basta con preguntar todos los días “¿cómo te fue?”, sino escuchar más allá de las palabras. No es útil señalar que existen protocolos que previenen el acoso escolar si cuando llega el momento de actuar no se implementan; no es suficiente tener una postura socialmente aceptada respecto al tema y mantenerse al margen cuando la situación se presenta.
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Para los niños y jóvenes el desafío es distinto, pero igualmente urgente. Reconocerse herido (ya sea que se trate del niño lastimado o del que precisamente por estar lastimado), romper el silencio y pedir ayuda es indispensable. Levantar la voz no es un acto de debilidad, al contrario, es una forma de cuidarnos y cuidar a los que están cerca.
Para todos los demás quienes integramos la sociedad es preciso identificar que el primer paso para contribuir a un entorno más sano es dejar de ser simples espectadores y reconocer que nuestro silencio también lastima.
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