Cuando el semestre se acelera (y uno jura que hace nada todo estaba bajo control). Imagen: Unsplash
¿No te ha pasado que al inicio del semestre todo parece perfectamente manejable? Las fechas de entrega se ven lejanas, los trabajos suenan razonables y uno comienza con esa confianza casi heroica de “esta vez sí me voy a organizar mejor”. Todo luce bajo control. Todo parece estar en control.
Al comienzo del semestre el ambiente se percibe más ligero. Hay tiempo, hay calma, cierta sensación de que todo está bien. Escuchamos indicaciones, anotamos pendientes, armamos planes y nos convencemos de que el semestre será totalmente manejable.
Y luego, sin aviso, algo cambia.
No hay una alarma oficial ni un momento dramático. Simplemente un día despiertas y el semestre ya no camina al mismo ritmo. Empiezan a juntarse entregas, aparecen exposiciones, congresos, pláticas, eventos, quizzes, lecturas y pendientes que uno no recuerda haber aceptado con tanta tranquilidad semanas atrás. Abres la plataforma, revisas tu calendario, tu correo y aparece esa sensación tan conocida como incómoda: “¿cuándo se acumuló todo esto?”.
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Lo curioso es que esta experiencia no es solo una impresión personal. Diversos estudios sobre estrés académico muestran que los periodos intermedios del semestre suelen concentrar mayores niveles de presión percibida en estudiantes universitarios (Misra & McKean, 2000). Dicho en términos más simples: esa sensación de saturación tiene bastante de normalidad compartida.
Ese momento es extraño. No es pánico absoluto, pero tampoco calma. Es esa mezcla rara de sorpresa, ligera ansiedad y resignación académica que todos reconocemos perfectamente. Porque, siendo honestos, todos hemos tenido ese diálogo interno: “Todavía hay tiempo”. “Sí me da”. “Bueno… creo”.
Y aquí entra en juego algo muy humano. Nuestro cerebro no siempre calcula el futuro con total precisión. Tendemos a subestimar cuánto tiempo tomarán las tareas futuras, fenómeno ampliamente documentado en psicología cognitiva como la falacia de planificación (Kahneman & Tversky, 1979). En versión universitaria: pensamos que un trabajo tomará un par de tardes… y termina ocupando semanas. ¿No te ha pasado?
Cuando el semestre se acelera, también ocurre algo curioso con nuestra percepción del tiempo. Las semanas parecen más cortas, los pendientes más urgentes y las tareas más grandes de lo que parecían al inicio. Lo que antes sonaba como “hay que entregar algo en unas semanas” ahora se siente como “todo es para ya”.
Y ahí comienza el verdadero reto, que muchas veces no es académico, sino mental. No es solo tener muchas cosas que hacer. Es sentir que todo compite por la misma energía: entrega importante, trabajo en equipo, evaluaciones cercanas, ajustes, mensajes, notificaciones. Todo llega junto, como si el semestre hubiera decidido subir de velocidad sin consultarnos.
Las escenas típicas de medio término son casi universales. Como ese momento en el chat del equipo cuando alguien pregunta: “¿Cómo vamos?”. Y la respuesta colectiva es un tranquilizador pero sospechoso: “Bien”. Nadie sabe exactamente qué significa “bien”, pero todos deciden confiar… hasta que alguien menciona la fecha de entrega.
También aparece ese instante clásico en el que uno empieza a hacer cálculos mentales casi heroicos: “Si hoy avanzo, esto, mañana aquello, el jueves termino…”. El plan suena impecable. La realidad…
En estas semanas sucede además algo bastante curioso. Detalles pequeños comienzan a sentirse enormes. Un mensaje que normalmente no tendría mayor impacto ahora irrita. Una notificación puede generar estrés instantáneo. No porque todo sea más complicado, sino porque uno ya viene cargando demasiadas cosas en la cabeza.
La literatura sobre estrés explica que la presión no depende únicamente del volumen de tareas, sino de la sensación de control que tenemos sobre ellas (Lazarus & Folkman, 1984). Cuando sentimos que todo se junta, la experiencia de saturación aumenta.
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Pero aquí viene la parte tranquilizadora. Este momento del semestre no es raro ni excepcional. Pasa siempre. Les pasa a todos. El semestre no se volvió más cruel. “Simplemente empezó a ir más rápido.”
Y aunque en el momento parezca que todo está fuera de control, muchas veces lo que más ayuda no es correr más rápido, sino bajar un poco el ruido mental. Ver qué realmente urge. ¿Qué puede ordenarse? Qué solo parece enorme porque todo está junto.
Al final, el semestre no cambió de personalidad. Solo cambió de velocidad. Y sí, aunque a veces parezca imposible alcanzarlo, casi siempre uno termina encontrando el ritmo. Recuerda: cada entrega, cada desvelo y cada reto también construyen la persona en la que te estás convirtiendo.
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