Enseñanza comunitaria busca reavivar las lenguas originarias. Imagen: Colmix
Los sábados por la tarde, en Kopchen, una localidad ubicada en el municipio de Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, el domo comunitario se llena de voces pequeñas en maya. En este lugar de aproximadamente mil habitantes, que se caracteriza por ser una comunidad dedicada a los trabajos de campo y a la elaboración de artesanías con fibras vegetales, se reúnen cerca de 15 niños las 14:30 horas para aprender a hablar y escribir la lengua maya con la ayuda de un grupo de jóvenes entusiastas que integran el U Najil Maaya Xook, que en español significa Casa de Estudio Maya.
Lo hacen jugando, cantando, platicando y dibujando. Al frente de las actividades se encuentran Rodrigo Petatillo Cham, de 34 años, así como Cristian, Lucely, Kilian y Deysi, chicas y chicos de entre 15 y 18 años, que desde su escuela comunitaria buscan que el maya vuelve a ser una lengua viva, cotidiana y compartida.
“No queríamos que el maya se quedara solo como algo que se entiende, pero no se habla. Queremos que las niños y niños la usen sin miedo, sin pena”, explica Rodrigo, lingüista y hablante del maya, quién además es maestro y doctor en Lingüística indoamericana.
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Cuenta que su escuela inició como un proyecto de la universidad. Como parte del servicio social empezó a impartir un taller en lengua maya con algunos niños. Pero, con el paso del tiempo identificó que su lengua materna no se escribe, ni se lee.
“Es mayormente oral y eso tiene mucho que ver con que en las escuelas de varias comunidades no se enseña esta lengua”, señala Rodrigo, quien es profesor en el Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.
La “escuelita” nació en 2011 en una pequeña casa del pueblo, y de ahí se pasaron al domo de la localidad: un espacio comunitario abierto que se encuentra en el centro. “Nuestra escuela es una escuela informal. No es como que llegas al aula, te sientas y en un horario tienes que hacer esto y esto. No tenemos un espacio físico formal. Ahí en el domo hacemos todas las actividades”, dice Rodrigo.
La escena no es excepcional. Se repite, con distintas lenguas y contextos, en otros puntos del país. En Oaxaca, por ejemplo, el colectivo Colmix trabaja desde hace más de una década para fortalecer el mixe, una lengua con alrededor de 140 mil hablantes. Sin embargo, ese número no cuenta toda la historia, porque el mixe enfrenta una ruptura generacional evidente.
“Los números son bien engañosos, porque no te están diciendo cuántos niños de esos 140 mil están hablando mixe”, explica Tajëëw Díaz Robles, coordinadora de proyectos de Colmix.
Al analizar los datos del INEGI, detectaron un problema central: la transmisión intergeneracional se está rompiendo. “La transmisión intergeneracional es la que te da el dato de la vitalidad lingüística, y hemos visto que hay comunidades en donde ya no hay transmisión de la lengua de padres a hijos”, señala Tajëëw.
Y en Ciudad de México, en la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción (ENALLT) de la UNAM, el profesor Ricardo Choreño observa desde la academia una paradoja persistente: las lenguas originarias ya están en la universidad, pero aún no logran habitarla por completo.
En muchas comunidades, el silencio no ocurrió de golpe. Fue paulatino. Primero se dejó de hablar la lengua en la escuela. Luego en la calle y después, en casa.
“El sistema educativo es lingüicida. Siempre ha tenido una postura castellanizante. En la escuela te enseñan solo español. Incluso el sistema bilingüe es para que te eduquen en español. Te dan un poco de tu lengua solo mientras aprendes español”, afirma Tajëëw, de Colmix. En ese sentido el mensaje es claro, la lengua originaria sirve para empezar, pero no para quedarse.
Situación que confirma Cristian, de 15 años,. Él es integrante de la Casa de Estudio Maya: “En la primaria y en la secundaria de la comunidad no se enseña maya, puro español. Y si hablas en maya te dicen que no lo hables, porque los maestros no lo entienden, y piensan que estás diciendo una grosería. Piensan que los estás insultando a ellos a o tus compañeros, porque ellos no lo hablan”, explica.
Tanto el racismo como el estigma tienen mucho que ver, considera Tajëëw: “Estas lenguas importan menos, valen menos. Entonces, si tú hablas esa lengua, vas a ser tratado con más violencia y vas a tener menos oportunidades”.
Postura que también comparte Luceli, maestra de 18 años de la Casa de Estudio Maya: “Hay algunos niños que prefieren hablar español porque les da vergüenza o pena hablar la lengua materna. Dicen que no quieren hablar maya porque no quieren que se burlen de ellos en la escuela”.
El que la lengua materna no se hable en casa y que los padres hayan optado por no enseñarla a sus hijos es una decisión tomada desde el miedo a ser discriminados. Esto debido a esa violencia que los padres han vivido, indica Tajëëw.
“El problema es ese discurso que minimiza las lenguas, y que se acompaña de una postura racista y de discriminación constante hacia los pueblos”, expresa la licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública, por la en la Universidad Iberoamericana de Puebla, y maestra en Antropología Social, por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).
Las consecuencias de esta falta de transmisión intergeneracional son visibles. Niñas y niños que ya no juegan o platican en la lengua materna de sus comunidades. Esto porque su lengua materna ya es el español o abuelas y abuelos que no pueden comunicarse abiertamente con sus nietos.
“No es solo que se pierda una cosmovisión o el conocimiento de un pueblo”, dice Tajëëw. “Se pierde la posibilidad que tienen las personas de comunicarse, de expresar afecto, de dar cariño y amor en la lengua en la que te cuidaron”.
Para Ricardo Choreño, jefe del área de náhuatl en la ENALLT de la UNAM, el problema no es la falta de reconocimiento institucional, sino que el lugar que se les asigna a estas lenguas.
“Se habla mucho de ellas, pero se hace poco para que sean lenguas de uso”, afirma. Aunque el náhuatl se enseña en la universidad desde hace 16 años, sigue viéndose como una lengua de estudio y no como una lengua viva con funciones sociales y de comunicación en un espacio comunitario.
El licenciado en Creación literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) comenta que los prejuicios, aún en la universidad, afectan seriamente a las lenguas originarias. Y uno de esos prejuicios es que no se consideren como lenguas para la titulación de los estudiantes. Tal como sí ocurre con otros idiomas, como el inglés o el francés.
“La pregunta que siempre aparece es para qué sirve aprender náhuatl en el ámbito profesional”, señala Ricardo. “Pero nadie se pregunta para qué sirve aprender sueco, portugués o latín”. La comparación revela una jerarquía persistente ya que mientras algunas lenguas se asocian con cierto prestigio académico, otras cargan con estigmas históricos y sociales.
Revela que para este semestre se abrirán, para el primer nivel, cuatro grupos de 20 alumnos en promedio. ¿Y quiénes son esos alumnos que están inscritos en alguno de los seis niveles de los que consta el curso completo si el náhuatl no es una lengua de alta demanda entre la comunidad estudiantil?
Algunos de nuestros estudiantes se inscriben para conectar con sus raíces. Y otros más suelen inscribirse por cuestiones profesionales, ya sea porque estudian Antropología o Lingüística: “Y se acercan a la lengua náhuatl porque forma parte de sus áreas de trabajo”, señala.
El náhuatl es la segunda lengua de Ricardo. Pero la aprendió mucho antes de pisar un aula universitaria. Aprendió náhuatl con su abuela Bartola, comerciante y originaria de la región de Zumpango, en el Estado de México, cuando él tenía alrededor de 7 años. Lo aprendió en el día a día, en conversaciones cotidianas, mientras pasaba el tiempo con ella.
“Ahí radica la importancia de aprender una lengua originaria, para convivir, para compartir formas distintas de ver el mundo, para saber quiénes somos”, expresa.
En Oaxaca, Colmix parte de una lógica distinta. Tajëëw insiste en que su trabajo no es rescate ni salvación. Es continuidad:“Somos parte de una larga historia de luchas por la autonomía, la educación comunitaria y el territorio”, aclara.
Desde 2012, el colectivo ha impulsado proyectos que van más allá de los cursos tradicionales. No enseñarán listas de palabras ni traducciones aisladas. Forman jóvenes investigadores, lingüistas comunitarios y educadores que buscan crear entornos reales de adquisición del mixe, especialmente en la primera infancia.
Uno de sus proyectos más ambiciosos es Pi’k, que significa “pequeño”. Este busca convocar a personas hablantes de mixe, de la región alta, para crear un modelo de inmersión de la lengua en el nivel preescolar. “A esa edad, entre los 3 y 6 años, todavía se puede adquirir una lengua como lengua materna, pero para eso se necesita mucha exposición a esa lengua. Queremos apostar a que eso es posible”, explica Tajëëw.
Mientas que la Casa de Estudio Maya trabaja para que los niños de su comunidad no solo aprendan a hablar maya, sino también a que lean y escriban en esa lengua. Y para lograrlo crearon una lotería en maya que incluye nombres de objetos y animales que se acompañan de dibujos hechos por los propios niños. Documentan su trabajo con el bejuco, con el que hacen canastas; crean videos para enseñar los colores o las partes del cuerpo; y traducen cuentos.
“Tenemos un libro de cuentos en maya y lo leemos juntos. Luego les preguntamos a los niños qué entendieron y lo explicamos en maya”, cuenta Kilian, de 15 años.
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Daisy, también de 15 años, cuenta que actualmente trabajan con 15 niños, aunque no siempre salen todos: “Los sábados pasamos de casa en casa para animarlos a salir con nosotros, porque creemos que es importante conservar el maya y que aprendan a leer y escribir en su lengua”.
Aunque los caminos son distintos, Colmix, la Casa de Estudio Maya y la UNAM coinciden en una idea central: la enseñanza, el estudio, la divulgación y la cooperación juegan un papel importante para que una lengua se mantenga viva. “Se trata de sumar, de compartir metodologías, de dialogar sin imponer”, subraya Tajëëw del colectivo Colmix.
Para quienes impulsan estas iniciativas, el objetivo no es solo registrar las lenguas maternas en archivos o diccionarios, sino que sobre todo devolverlas a donde tienen que estar: en las aulas, la casa, el juego y la conversación cotidiana. “Las lenguas mueren cuando dejamos de hablarnos en ellas”, puntualiza Tajëëw.
Y mientras haya universitarios dispuestos a hablar, a enseñar y a aprender, las difentes lenguas, lejos de extinguirse, pueden encontrar nuevas formas de quedarse.
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